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Publicado en Artículos el 11 de Noviembre de 2018

Crónica: la lluvia se detuvo en La Buitrera para que todos gozaran del FICCALI

Cine Sin Límites La Buitrera

Por Félix Rafael Torres, FICCALI

Aún no eran las tres de la tarde y encima de la Biblioteca Pública Comunitaria La Buitrera, una gran nube gris empezó a posarse lentamente. La certeza de un aguacero en la tarde del 9 de noviembre cada vez iba siendo más evidente y más compartida. Pero, de todas maneras, los estudiantes de primaria de la Institución Educativa La Buitrera estaban buscando asientos para poder mirar una película: después de acabar con las sillas de la biblioteca tuvieron que ir la estación de policía más cercana para traer más, y hasta llevaron una banca muy larga. Todo para ver la galaronada película infantil 'Arrieti y el mundo de los diminutos' que hizo parte de la programación de Cine Sin Límites del FICCALI.

«Mirelos cómo están...», decía con algo de tristeza en cada palabra una de las directivas de la institución, «ellos nunca había visto una película así, de esa manera». Y sí: en los pequeños ojos de los niños se podía adivinar cierta fascinación, cierto encanto por lo que estaban observando… y aún no comenzaba la el filme. Mientras los encargados de la logística del evento estaban terminando de montar el escenario, poco a poco se iban aglomerando al límite de las carpas para estar lo más cerca posible.

«Ellos», dijo la directiva señalando con los el índice a los estudiantes de las carpas, «ellos son unos sobrevivientes», mientras en la gran pantalla móvil de festival narraban la primera incursión de Arrietty, la protagonista principal de la película en el mundo de lo seres humanos, la primera gran aventura de su vida.

Pasada media hora de proyección, un silencio recorría parsimoniosamente el espacio. Alguna que otra risa; alguno que otro estornudo, pero en el ambiente se sentía una curiosa atención: los niños no despejaban su mirada de la pantalla: se dejaron seducir y conmover por una historia sobre la injusticia en la que caen los prejuicios. Y mientras ellos seguían observando, pequeños grupos de jóvenes se paseaban alrededor del evento, hasta que terminaron siendo parte de él.

El tiempo pasaba, el viento acariciaba, la película avanzaba y ni una sola gota cayó del cielo: fue como si el reloj se hubiese detenido para permitir que los niños vieran el filme… y así sucedió. Cuando el metraje acabó se escucharon algunas risas, algunos gritos y, muy escondidos, algunos sollozos, mientras el frío del corregimiento se intensificaba por las rafagas esporádicas de viento.

Este tipo de espacios guardan dentro de sí un gran importancia: permiten que los niños, y la comunidad en general, se enteren que existen diferentes formas hacer cine; que existen diferentes formas de contar historias. «Esa película ya la vi», gritó

uno de los niños, «esa película me la vi y es muy. muy buena», pero pronto, mientras observaba la sucesión de fotogramas, se dio cuenta que no era El viaje de Chihiro. Después de ver esta película, ese pequeño quizá algún día se enteré que ambas películas fueron producidas por Studio Ghibli, uno de los mejores estudios de animación del mundo. Quizá, después de explotar su interés por este tema, terminé siendo uno de los más importantes directores del cine de animación en Colombia… y así puede suceder, similarmente, con todos los que se quedaron hasto el último segundo de la película.

A veces los genios no están en las grandes ciudades cosmopolitas, sino en los pueblos, los corregimientos o la veredas. Ahí, esperando el interés y la temática que marcará el rumbo de sus vidas.

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